La endemoniada

Esta es una leyenda tradicional, que contada de una u otra forma, corre paralela a las aguas del Piedra. En muchas zonas, especialmente en las rurales, la literatura oral creó numerosas historias para ser contadas al amor del hogar, todavía estamos a tiempo de recuperar algunas de ellas, pues aún hay abuelos y familiares que las recuerdan: encantadas, endemoniados, brujas, gigantes, bandidos, héroes y heroínas recorren la tradición de los pueblos. La idea es sencilla: constituir equipos de investigación que hablen con las personas mayores y que escuchen sus historias, redactarlas, ilustrarlas y colgarlas en la bitácora.

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La endemoniada del monasterio de Piedra

El Monasterio de Piedra es un lugar mágico y, como tal, recoge muchas leyendas y hechos fantásticos. No en vano allí vive el arcángel San Miguel que, muy cerca de allí, en Alhama de Aragón, comandó a las victoriosas tropas celestiales en feroz batalla contra las huestes infernales capitaneadas por Luzbel. Todavía pueden verse las huellas que el demonio dejó en la roca del Martillo del diablo, un cerro próximo a Alhama.

Hablando del demonio, parece ser que los exorcistas del monasterio tenían bien ganada fama. En mayo de 1427, llegaba al monasterio, desde Soria, Catalina Gómez, contumaz endemoniada que había pasado once largos años de exorcismo en exorcismo. Mucho esfuerzo debió de costarle al monje librarla de los demonios que la poseían, pues en el primer exorcismo (en la ermita de Nuestra Señora de la Blanca) recibió la noticia de que eran sesenta legiones de demonios las que atormentaban a la joven. Si de algo sirvió el primer intento fue para enojar a los diablos que, ayudados por otros cientos de legiones, se propusieron destruir el monasterio; unos acarrearon leña para quemarlo, otros arrancaron un enorme peñasco de un monte cercano, para despeñarlo sobre el lugar. En eso estaban cuando el toque de maitines se adelantó milagrosamente a su hora y los rezos de los monjes consiguieron conjurar a los demonios y sus peligros. El segundo intento de exorcismo (en el altar del Santo Sepulcro) dio noticia al monje de que sólo quedaba dentro de Catalina el demonio de la vanidad; era la hora de la verdad, y la vanidad diabólica fue expulsada ante el Santo Misterio de Dubio.

Este exorcismo podría considerarse uno de tantos si no fuera porque tiene un doble efecto colateral: según cuenta el cronista, la leña acarreada por los demonios abasteció durante cinco años las necesidades del monasterio, “y de los mejores pinos se labraron muchos puentes y maderos que sirvieron para varias obras”. Pero también se produjo un retoque paisajístico: el peñasco que cargaban los demonios puede contemplarse hoy, al pie de la ermita de la Virgen Blanca, en el mismo lugar donde los demonios lo soltaron camino del monasterio.

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