Ética periodística

Darfur, sur de Sudán. Marzo de 1993. El fotógrafo sudafricano Kevin Carter visita la región para hacer un reportaje sobre el movimiento rebelde en la región. Sin embargo, al llegar y encontrarse con los horrores del Hambre, comienza a retratar a sus víctimas. En la aldea de Ayod se encuentra con una niña de unos 4 o 5 años, que va de camino a un centro de refugiados. Carter toma varias fotos, y al retirarse, observa como la niña se para a descansar, y un buitre se para a su lado. Esperando. Según cuenta el propio Carter, después de tomar varias fotos y esperar durante veinte minutos (por si el buitre desplegaba sus alas, aumentando así el dramatismo de la imagen), ahuyentó al buitre y cuando la niña siguió su caminio se alejó del lugar, se sentó debajo de un árbol y se echó a llorar.

sudan

El 23 de marzo la foto apareció publicada en el New York Times, levantando una oleada de preocupación por la suerte de la niña. Tan sólo se sabe, según publicó el NYT, que la niña siguió caminando tras alejarse el buitre. No se sabe si llegó al centro de distribución de alimentos, a apenas cien metros. A los periodistas se les dijo expresamente que evitaran todo contacto con los refugiados, por el riesgo de enfermedad.

Esta es una de las fotos más brutales que jamás se ha publicado, y levanta emociones aún mucho más intensas que la de la famosa niña quemada en Vietnam, o las imágenes de cadáveres de niños tras los bombardeos que la mayoría de medios se niega a publicar. La sensación de desesperanza y de impotencia es tan inmensa que no deja indiferente a nadie, aún cuando a estas alturas ya estamos más que vacunados contra imágenes impactantes.

Es, también, una de las fotos más polémicas, y sobre la que más se ha hablado. En cualquier debate sobre la ética o la implicación del fotoperiodista en las acciones que cubre, sale como ejemplo. Cientos de artículos se han escrito sobre la misma.

La biografía del autor, Kevin Carter, es un elemento importante a tener en cuenta: nacido en Sudáfrica en 1960, a los 23 años empezó a trabajar como fotógrafo deportivo en periódico local (antes, durante su adolescencia, ya había recibido alguna paliza por ser un blanco que se oponía al apartheid). Un año después, cuando estallaron las revueltas raciales de 1984, cambió de periódico y empezó a documentar las brutalidades del apartheid. Pronto, el y sus colegas del Bang Bang Club (Ken Oosterbroek, Greg Marinovich y Joao Silva, todos ellos blancos) se hicieron un hueco en la historia del fotoperiodismo por su cobertura, con gran riesgo de sus vidas, de la violencia de los disturbios urbanos en el país, algo que hasta ese momento tan sólo algunos fotógrafos negros habían osado reflejar. La brutalidad de las imágenes de pesadilla que vivieron y de las revueltas es difícil de describir, y sus fotografías fueron más difundidas en el extranjero que en la propia Sudáfrica, donde eran objeto de censura y en varias ocasiones fueron detenidos.

Fue acompañado de Joao Silva como Carter llegó a Sudán. Según Silva, después de tomar la imagen, Carter cayó en una depresión y repetía que quería abrazar a su hija, de corta edad por aquel entonces. Durante los meses siguiente comentó en varias ocasiones a sus allegados que se arrepentía profundamente de no haber hecho nada por la niña.

En mayo de 1994, catorce meses después de realizar la foto, Kevin Carter recogía en Nueva York el Pulitzer defotografía de ese año, y llegaba a un acuerdo con Sygma, una de las agencias de fotografía más importantes del mundo. Dos meses después, aparcaba su furgoneta cerca del río donde jugaba de niño, enchufaba una manguera al tubo de escape y se suicidaba a los 33 años. Una década de contemplar la brutalidad a la que puede llegar el hombre, varios trabajos fallidos y sobre todo,
la muerte en abril de Oosterbroek, su mejor amigo, durante unos disturbios que él mismo había fotografiado poco antes (y en los que también fue herido Marinovich), acabaron por pasarle factura.

Una nota semioptimista: según cifras de la ONU sobre Darfur, actualmente la desnutrición en niños menores de cinco años es de un 13,9%, frente al 21,8% de 2004. Y el 72% de la población tiene acceso al agua potable, mientras que el año pasado tan sólo el 63% disponía de ese “lujo”. Es un dato esperanzador, sobre todo teniendo en cuenta que a pesar de un frágil alto el fuego, la región ha sufrido un genocidio (ignorado, cuando no promovido, por el propio gobierno sudanés), que ha provocado más de 300.000 muertes y un millón y medio de desplazados desde 2003.

NOTA: La luna ocultaba definitivamente su rostro a una humanidad indigna. Un trueno de dolor resonó en el cielo que comenzó a sollozar con profusión. Los árboles se agitaban como queriendo huir de la impiedad. Y en una pantalla de televisión permanecía la fotografía de una niña y un buitre y una voz de un hombre que surgía de interior del televisor y un lamento que permanecía en el exterior. Los dos vieron lo mismo. El primero vio la imagen perfecta para un premio pulitzer a la mejor fotografía, el segundo, una niña, hambrienta, cansada, indefensa que caía exhausta mientras un buitre permanecía al acecho, o quizás eran dos, y en el cielo resonaron las palabras que el zorro dijo al Principito: “No se ve bien sino con el corazón”.

¿Y tu que hiciste?

Articulo tomado del blog de John Ford y de el Blog de la Fotografia.


 

Este vídeo no necesita de muchas palabras, ni siquiera de traducción de las pocas que se pronuncian, para resultar un buen motivo de debate.


 

La novela Territorio Comanche, de Arturo Pérez-Reverte o, en su defecto, la pélicula, pueden aportar buenos argumentos de debate en el aula. Son especialmente sugestivos los silencios del cámara Márquez, un personaje real al que debemos las filmaciones de la matanza de Tiananmen, por ejemplo y a quien podemos ver en este reportaje de la 2.

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